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domingo, 23 de agosto de 2015

Carreras de Cintas en la Feria de Almería de 1902


En estos días de  la Feria de Almería recuperamos   las Carreras de Cintas de 1902



Amalia y Ángeles Paniagua Porras, bordaron sus cintas en rosa y en oro. Había que llevarlas pronto, al establecimiento  “Tejidos Filipinas” de los Hermanos Batlles, en la calle Real. Allí, los primorosos trabajos, serían expuestos en sus escaparates hasta el día de la carrera. Era el verano de 1902, las jóvenes de la burguesía Almeriense se afanaban en bordar y pintar sus cintas. Sus nombres, sus iniciales se adornaban junto al escudo de Almería, flores o pájaros. Conforme se recibían las cintas, la comisión  fue repartiendo las invitaciones a los palcos entre las muchachas.

Los Hermanos Paniagua Porras estaban dispuestos a no pasar desapercibidos en aquella feria. Pepe, con un magnifico traje de jockey saldría de caballista en la carrera de cintas. Julio, preparó su traje corto de torero, pues sería uno de los dos valientes matadores de la novillada. Las hermanas Paniagua, como el resto de las muchachas, ataviadas con madroños, blondas blancas y mantillas, adornaban con flores su pecho y cabellos. Enrique preparado con su cámara, para inmortalizar aquella tarde.



El Círculo Mercantil y la Sociedad de Sport “La Montaña” se afanaban en preparar algunos de los actos que animarían el programa de fiestas, entre ellos, la tarde de la tradicional Carrera de Cintas y la Novillada. La  Montaña, llevaba años impulsando esta becerrada de aficionados y el  torneo de cintas, en las que participaban caballistas y ciclistas. Aquel año, las casetas de los Feriantes se habían instalado en la parte baja del Paseo junto la plaza Circular, quedando la parte alta para el paseo de los transeúntes.

Eran las tres de la tarde del día 28 de Agosto, la Plaza de Toros rebosaba colorido y alegría. Abierta a todo el público, fue el acontecimiento más popular de la feria, una oportunidad para los más humildes de incorporarse a la fiesta. La aglomeración en palcos y tendidos fue tal, que muchas familias se tuvieron que quedar en la calle. Hora tan calurosa, solo se remediaba con una plaza cubierta de gorras, sombreros y sombrillas.

En el centro del redondel, se dispuso un precioso y elegante escudo de Almería, realizado con serrín de corcho  de colores. El corcho, una vez más, no solo servía para  acomodar nuestros racimos de uva, en los barriles que viajaban por todo el mundo, sino que fue utilizado como materia de ornato dando color al albero del ruedo.



En el palco presidencial, resaltaban con su belleza, las cuatro jóvenes elegidas este año para presidir la fiesta: Juana Cassinello, Ángeles Manzano, María Rocafull y Rosa Maura.
Los ciclistas fueron los primeros en desfilar, compitiendo en recoger las numerosas cintas regalo de las muchachas, colocadas en las barreras.

Siguió la tarde, con la novillada de los cuatro becerros, por los dos matadores aficionados Julio Paniagua y Joaquín Morcillo, con sus correspondientes cuadrillas. No faltaron revolcones, sustos, carreras y escenas cómicas. Como dicen en Almería “los cuerpos muertos” de tanto reír.
 Julio, desplegó todo su encanto en repertorio de chirigotas y bailoteos, hasta verificar la arriesgada suerte de ”Don Tancredo” con uno de los bichos.


Terminó la fiesta con la carrera de los caballitas, entre los que destacó José Paniagua.
Las cuatro señoritas nombradas para  presidir la fiesta, obsequiaron a los participantes con dulces, cigarros habanos y otros regalos. Más de un empujón se vio entre la chiquillería  por alcanzar los preciados dulces que se lanzaban desde el palco.

 A las 6 ½, terminada la fiesta, el gentío se desplazó hacia el Paseo, con un desfile  por la ciudad de carruajes adornados de flores que llevaban a las bellas señoritas, escoltadas por ciclistas y jinetes.
Julio después de esta tarde de gloría, quedó invitado para repetir en la feria del año siguiente. Enrique, moviéndose entre tendidos y barreras, dejó estas maravillosas fotografías, estos momentos de felicidad.



Las fotografía la conservaba en Madrid, su nieto Enrique Paniagua García .
Texto: publicado en el boletín Museos de Terque nº 81







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