ir aqui

miércoles, 8 de junio de 2016

La Muñeca que vino de California


Rosa Pérez Muñoz de Lubrín  nos ha donado  esta semana  uno de sus recuerdos personales más queridos, su muñeca. 

Ella misma nos cuenta su historia a través de una fotografía. 

Cada objeto tiene una historia que en la mayoría de las veces queda muda y olvidada para siempre. Hay algunas veces, extraordinarias, que su memoria nos llega de la mano de las personas que los han vivido, utilizado o apreciado. Este es uno de esos casos.  

¡Muchas gracias Rosa! 












La autentica protagonista es la muñeca  aunque en realidad somos tres: La muñeca, el billete de dos pesetas que llevo en la otra mano  y  yo. El billete es la asignación semanal que me daba mi compadre ”José Rico” y que tras darle un beso, él me entregaba , por lo que esta misión yo nunca la olvidaba  en domingos y festivos.
La muñeca de novia” llegó desde California a Lubrín en 1955 , enviada por unos familiares de mi madre que emigraron a allí  y que con asiduidad me mandaban  paquetes postales con ropa de mis primos y otros enseres.
Mis amigas y yo esperábamos con ansia la llegada del correo para ver que contenía este nuevo paquete .Ese día, todas las chiquillas asistimos a la apertura del miso y llego como caída del cielo aquella bonita muñeca.
Iba vestida de novia, su carita estaba hecha de una goma preciosa que parecía autentica piel rosada, su cuerpo era de un material resistente y suave parecido al mismo del que estaban hechas las “Mariquita Pérez “ ,pero lo mas sorprendente era que ¡esta muñeca andaba! Venia provista de un mecanismo interior basado en un sistema de gomas cruzadas, que al mover el brazo izquierdo hacia arriba, dándole la mano como para caminar …ella andaba.
Mi madre en aquel momento considero que aquel milagro de ingeniería no debía estropearse y decidió que el resto de sus días lo pasaría en el ropero de mi cuarto, y así fue aunque acompaño muchos momentos de mi vida.
El día que mi madre estaba de buenas y lo consideraba oportuno, nos reuníamos en mi casa todas las amigas y nos la enseñaba nuevamente , para lo que teníamos que disponernos alrededor de la mesa de camilla y con las manos en la espalda , así resistiriamos la tentación de tocarla .Daba unos paseos cogida de la mano de mi madre , a nosotras se nos caía la baba y  ….!de vuelta al ropero¡
Otra de sus salidas era cuando yo estaba enferma.  Esta se colocaba a los pies de mi cama sentada o en una silla hasta que pasaba el tiempo de admirarla y ….!al ropero ¡
Para las fotografías era otro de los momentos en que se hacía imprescindible su presencia como se constata en esta y en otras.

De esta manera la muñeca fue soportando el devenir del tiempo y yo me fui acostumbrando a no jugar con ella , pero su existencia me hacía muy feliz , con ella soñaba , con ella imaginaba y con ella sentía que un día yo seria una novia igual de guapa .

Las fotos estan hechas por “el Paco Ortega” fotógrafo de Lubrín, muy querido y conocido por todos,en la puerta del médico, por el callejón.

Texto Rosa Pérez Muñoz





La tienda de “la Joaquina del suico” en Lubrín.


La historia de esta fotografía empieza en Lubrín, allá por el año 1956-57 más o menos, cuando mi madre llamó al fotógrafo del pueblo, Paco Ortega, para que nos retratara y enviarle esta fotografía a mi padre que se encontraba emigrado en Francia y donde estuvo hasta su jubilación. Él tuvo que emigrar debido a una de tantas crisis –que al igual que ahora– estábamos atravesando.
            Mis recuerdos arrancan en esa época. Tras la marcha de mi padre a Francia, mi madre y yo nos quedamos en el pueblo viviendo en una casa pequeña de la que apenas me acuerdo. Al emigrar mi padre y empezar a mandarnos dinero, compramos la casa donde estaba albergada la tienda que luego regentaríamos. Esta casa era conocida como “La casa de la Patrona” y está ubicada en Lubrín, en la calle Almería número 11, a la entrada del pueblo. La situación de la casa era muy buena porque su enclave era ideal para las ventas, y el pueblo vivía entonces del comercio que generaban las muchas personas que habían venido a trabajar en las explotaciones de las minas de hierro y que se habían establecido allí. Las familias de los mineros compraban muchos productos básicos para poder arreglar el cesto y hacer el puchero, con lo que la venta de embutidos, tocino, legumbres, vinos y licores, era una gran fuente de ingresos.
            Mi madre –la Joaquina del suico– era una mujer valiente, emprendedora y decidida, además de muy resuelta. El apodo lo tomó de mi padre, conocido por todos como "el suico", porque un primo suyo, al no poder decirle "juansalvadorcico" acabó abreviando en "suico", y así quedó para siempre. Tal es así que, cuando yo bajaba al pueblo con mis hijos muchos años después y les preguntaban que de quién eran, ellos respondían: "yo soy la hija de la Rosita de la Joaquina del suico".
            Cuando mi madre compró la casa lo hizo con una doble intención: tendríamos una casa más grande en un buen sitio y una tienda de comestibles situada a la entrada del pueblo por donde todo el mundo pasaba y la circulación de bestias, personas y camiones no paraba en todo el día.
            Al trasladarnos a la casa, la tienda estaba cerrada porque su propietaria, “La Patrona” (ya de cierta edad y conocida así porque había regentado una casa de huéspedes), no hacía uso de ella. Así, después de hacer una profunda limpieza y blanquear el local –para lo que tuvimos que llamar a Juan Cayetano, que era el blanqueador oficial del pueblo, y quien realizó una exhaustiva desinfección de roedores e insectos rastreros–, mi madre puso la tienda en funcionamiento llenándola de productos que compraba en la tienda de Cecilio y en el RAGAMAR.
            La tienda de Cecilio era una tienda normal pero con un inmenso almacén que hacía las veces de mayorista. El otro proveedor era el RAGAMAR (siglas de Ramos, Gallardo y Martínez,  que eran los nombres de los socios de la empresa). Recuerdo que en la fachada de estos almacenes se podía leer “Almacén de coloniales y bebida RAGAMAR”. Cada vez que pasábamos por la puerta siendo niñas, lo leíamos y se entablaba el debate: ¿Qué quería decir coloniales? Seguramente significaba que vendían colonia, y así entre las opiniones de unas y otras, volvía a quedar sin solución. Más tarde, cuando vinimos a Almería a estudiar, supimos que coloniales eran productos que venían de las colonias, pero allí estábamos demasiado lejos para saberlo, así como tampoco habíamos oído decir la palabra “ultramarinos”.

            Siguiendo con la tienda, la habitación donde se ubicaba estaba a pie de calle, a orilla de carretera. Frente al mostrador que se ve en la fotografía, estaba la puerta, siempre abierta, con la cortina puesta para evitar que entraran las moscas.
              A la derecha, una ventana con su geranio; a la izquierda una puerta "sin puerta", es decir, de acceso a lo que era la bajada de escalera para el otro piso, donde mi madre tenía una pequeña cocina con un infiernillo de petróleo, una cantarera y una fresquera colgada en el tiro de escalera, y allí estaban en el suelo las damajuanas de vino, aguardiente y vinagre, que se vendían  sueltas por litros, medios y cuartos.
            Junto a la ventana, en ese extremo de la habitación, había dos sillones de mimbre y una mesa de camilla, para que la gente esperara cómoda y echara el rato cuando iba a comprar. Este rincón hacía esquina con la puerta de mi cuarto. En la pared frente a la ventana y en línea con la puerta había solo un almanaque que siempre recuerdo por su anuncio “Palomino y Vergara S.A.” y con anterioridad hubo otro de “Nueva Montaña Quijano”.
            Detrás de la puerta de entrada y debajo del almanaque, se alineaban los sacos de cáñamo con el arroz, los garbanzos, las habichuelas y el azúcar (que venía en terrones enormes). Como el producto llegaba a granel, mi madre lo despachaba en un papel o un cartucho de estraza que pesaba en una balanza tradicional de dos platos de cobre que brillaban como el oro.

            Una vez que tenemos más o menos en mente la distribución del espacio, describiré el mobiliario de la tienda y sus productos. No quiero extenderme mucho pero, al hablar de ello, los recuerdos y anécdotas acuden en tropel a mi mente.
            Tanto el mostrador como la estantería estaban pintados de marrón para que la madera no sufriera deterioro y para que diera esa sensación de limpieza que a mi madre tanto le gustaba (todo fue fregado con sosa antes de pintarlo y así quedó estupendo). La parte superior del mostrador estaba cubierta con un mármol blanco, que volvió a serlo después de tiempo, gracias a mi madre que era más limpia que un jaspe y consiguió que reluciera como el sol.
            Encima del mostrador estaba la vitrina, como la llamaríamos ahora, pues antes era la fresquera, pero mi madre, persona creativa e imaginativa hasta el extremo, la llamaba “la carpeta”, ya que al cerrarse te recordaba a las carpetas donde guardábamos los documentos con su solapa y todo. En la carpeta estaban los productos delicados que había que proteger del aire, el calor y las moscas. Allí estaba la carne de membrillo, el queso, los embutidos (si los había), los higos, etc. Este artilugio cumplía una doble finalidad: proteger los productos y mostrarlos al público, ya que algunos eran de venta ocasional.
            En el centro de la estantería colocábamos los botes de caramelos, los cuales aún conservo en mi casa actual. Había dos grandes y dos más pequeños. En los grandes estaban exclusivamente los caramelos y en los pequeños las carterillas de azafrán y otros productos delicados. Detrás de la carpeta, en un pequeño hueco, se ponían los melones de invierno, lo que me hace recordar que en mi pueblo los melones se clasificaban  en “de invierno”, “de olor” y “de agua” (sandia).
            Encima de la carpeta, sujeta a la pared, había una pequeña leja para los botes de colonia y brillantina, y las probetas para medir.
            Junto a la leja de la colonia, se localizaba la caja de galletas María, las de toda la vida, las que se vendían por cuartos de kilo, incluso sueltas, y junto a las galletas, todas las marcas de chocolate que llegaban hasta mi pueblo: Chocolate Kitin Nogueroles, Elgorriaga, La Mezquita, Dolca… ya que éste era un alimento muy usado y la base de la merienda en casi todas las casas que tenían medios: un trozo de pan y una onza de chocolate. Los bocadillos aún no habían llegado a mi pueblo, pero me acuerdo que siempre comíamos el pan con chorizo, morcilla, chocolate, tocino, aceite y azúcar, y en épocas de matanza o menos abundancia, con “pringue”, que es una manteca que se obtenía en la matanza y podía ser blanca si provenía del relleno o roja si venía de la morcilla.

            En el estante central superior, otra caja de galletas, las Gullón, y unas cuantas latas de sardinas y de atún en conserva. Colgadas en la púa de la columna, las morcillas que habían de secarse o si estaban ya secas dejarlas para que se siguieran oreando y poder ponerlas en aceite.
            Encima del chocolate estaba la leche condensada La Lechera y junto a ella las pastillas de jabón que había de varias clases: las de tocador, pequeñas y envueltas en su estuche, Maderas de Oriente, y Heno de Pravia, las más conocidas; y para la ropa, el jabón Lagarto, el más vendido, aunque la competencia hizo otra marca de jabón sin marca que llamábamos “de azulete”, ya que le habían añadido dicho producto y además… ¡sorpresa!, en su interior al ir gastándose te encontrabas con una moneda de céntimos o la más grande, de una peseta. Esta cualidad hizo que este jabón tuviera mucha demanda y casi hiciera la competencia al Lagarto.
           
            En la última parte de la estantería, junto a la maceta, estaban los paquetitos de azulete para blanquear la ropa y los primeros detergentes en polvo… ¡Milagro! ¡Llegó el TUTÚ y el LAVASOL! El Tutú era un paquetito cuadrado y pequeño que cuando lo abrías y entraba en contacto con la humedad se apelmazaba como una roca, pero te ahorraba el trabajo de restregar la ropa, y con muchos meneos y esfuerzo, salía un poco de espuma y limpiaba. El Lavasol estaba ya más conseguido y no se apelmazaba tanto y además, al igual que el jabón de azulete, traía premio: un animalito de plástico, que se coleccionaba para ir completando un pequeño zoo. Aún recuerdo el olor del plástico de la figura, junto con las imperfecciones de la misma, pero hace 50 años, los que teníamos la suerte de conseguir que nuestras madres compraran Lavasol y obtener así una figurita (jirafa, hipopótamo, rinoceronte o mono), éramos unos privilegiados.
           
            Como ya he dicho, mi madre era una mujer emprendedora, además de creativa e inteligente, y siempre procuraba tener en su negocio productos que no se pudieran encontrar en otros comercios, y de este modo procuraba atraer más al personal y aumentar las ventas. De hecho, las dos grandes fuentes de ventas por aquél entonces fueron la calabaza (la de verrugas) y los cañamones. Estos productos merecen una especial atención porque, siendo muy baratos en origen, la forma de venderlos fue tan buena que dejaban bastante dinero y se llegaron a convertir en la exclusividad de la Joaquina del suico.
            Curiosamente la calabaza se vendía en gajos como la naranja, siendo su tamaño proporcional al precio (desde dos reales hasta un duro, se podía pedir). Esta particularidad era muy interesante porque mi madre tenía una horquilla amplia donde moverse, y todo sin peso ni medida, solo el buen ojo y calibre de la Joaquina, que a veces te regalaba un cachito si ella comprendía que se había excedido en su beneficio. Nadie abría una calabaza entera en casa para hacer un potaje y mi madre ofreció la posibilidad de comprar el trocito que necesitabas para el día, y eso fue toda una novedad.
            La agudeza para los negocios de mi madre se consolidó cuando ingenió comprar cañamones. Este producto se utilizaba para dar de comer a los pájaros y era barato en su esencia ya que venía en enormes sacos. Previamente a su venta, los cañamones eran puestos en aguasal la noche anterior y al día siguiente nos tocaba tostarlos en una enorme sartén, la de las matanzas. Se tostaba en la lumbre, removiendo constantemente para que no se quemaran pues no debían pasarse y tener su punto justo para que el sabor enganchara y no supieran a quemado. Cuando se enfriaban, mi madre y yo procedíamos al envasado (con anterioridad yo había estado haciendo cartuchos en forma de cono y del tamaño adecuado para que fueran rentables). Una vez llenos los cartuchos, se colocaban primorosamente en una espuerta de cáñamo, con la base llena de cañamones sueltos y los cartuchos hincados en éstos para que se mantuvieran rectos. Cuando se terminaban los envasados, los volvíamos a llenar, ya que en la espuerta había más cartuchos vacíos y también estaba la medida exacta, un vasito pequeño de cristal.
En las tardes de verano, a la hora del paseo, cuando la gente del pueblo salía a caminar por la carretera, allí estaba yo, en la puerta de la tienda, sentada con mi espuerta de cañamones listos para deleitar. Esto fue un magnifico invento y la recaudación también muy importante.

            La tienda funcionó unos años, hasta 1962, pues al venir yo a estudiar a Almería y mi madre quedar sola en el pueblo, decidió marchar a Francia con mi padre y trabajar para mantener el patrimonio y mandar dinero para que yo pudiera ser maestra. Así, casa y tienda permanecieron cerradas a partir de entonces.
            Mis padres vivían en Francia todo el año y yo volvía al pueblo en vacaciones de Semana Santa y Navidad a casa de mis tíos, y en verano me iba con ellos a Francia y al terminar el período estival, otra vez de vuelta sola.
            Podría estar contando y contando mucho tiempo y como en un gran tejido, un recuerdo me llevaría a otro y otro a otro… y así hasta concluir que fui muy feliz, que era un tiempo distinto, pero lleno de magia, de cosas por descubrir, de esfuerzo, de colaboración y de tantos valores, que merece la pena ser recordado.

            Esos recuerdos se fueron instalando en la trastienda de mi corazón y hoy acuden a mi memoria, todos unidos y con la misma fuerza e intensidad que entonces. Por ello agradezco enormemente la oportunidad de compartir esta fotografía –este trocito de mí– y poder describirla para intentar trasladarnos en el tiempo y revivirlo con el mismo cariño que este instante me trae hasta aquí.

Texto Rosa Pérez Muñoz



Design by: Remedios Fernández